*El vínculo con los hongos no solo es un acto de recolección, es un diálogo continuo entre la tierra y sus habitantes, un recordatorio de que lo esencial a menudo yace escondido bajo la superficie
Nayeli Vélez
Tlaxcala, Tlax.- En las entrañas del bosque tlaxcalteca, donde los oyameles acarician las nubes y el olor a tierra mojada perfuma el aire, brota un tesoro silencioso que los nahuas bautizaron como nanácatl, que etimológicamente se traduce como “carnoso”.
Un calificativo que bien describe a este regalo de la naturaleza que ha tejido una historia de sabores, tradiciones y saberes que puede encontrarse con facilidad en varios rincones de Tlaxcala.
En Nanacamilpa, “el campo de los hongos”, las comunidades se preparan para un ritual que trasciende lo culinario: hombres, mujeres y niños se convierten en “hongueros”, expertos recolectores que encuentran en este oficio, un vínculo con sus ancestros y con la tierra que los cobija.
Entre senderos sinuosos y la niebla matutina, estos guardianes del saber se adentran en el santuario natural en busca de ejemplares comestibles de hongos como el borrego, el escobeta y el chipotle.
El acto de recolectar hongos no es tarea sencilla, ya que de acuerdo con los lugareños, se requiere de conocimientos transmitidos de generación en generación para llevar a cabo esta tarea.
Desde identificar las especies más codiciadas hasta evitar las tóxicas, como el enigmático ‘amanita muscaria’, conocido como “matamoscas”, cuya capucha roja moteada de blanco advierte al recolector sobre su peligro, ya que posee un potente alucinógeno que puede resultar dañino para quien lo consume.
De regreso al pueblo, las cocineras tradicionales despliegan su maestría en los fogones. Las manos sabias y generosas de estas mujeres transforman los hongos en platillos que conquistan paladares.
Desde las salsas que aderezan gran variedad de guisos, las populares quesadillas que nunca fallan para apaciguar el hambre, hongos asados a las brasas o en sopas y caldos que reconfortan el espíritu. Su versatilidad y sabor han convertido a este alimento en un emblema de la gastronomía tlaxcalteca.
Pero los hongos son más que un manjar. En los hogares de estas comunidades, también se utilizan con fines medicinales, gracias a sus propiedades curativas. Así, el legado del nanácatl trasciende los platos para convertirse en un recurso de bienestar y supervivencia.
Desde el espolón de la Sierra Nevada hasta las faldas de La Malinche, la tradición culinaria de los hongos comestibles es un símbolo de resistencia, identidad y gratitud hacia un suelo que nunca deja de dar.
Así, en cada bocado de estas delicias del bosque, los tlaxcaltecas honran a la naturaleza y celebran un legado que, como los hongos, emerge de la tierra para recordarles de dónde vienen


